top of page

Midsommar: El duelo a plena luz

  • Foto del escritor: Alex Ruiz García
    Alex Ruiz García
  • hace 2 horas
  • 2 min de lectura

Cuando escribí mi artículo sobre las mejores películas de 2019, Midsommar (A24, entre otras) quedó entre las cinco mejores. En aquel texto también elogié Hereditary y dije que, con Midsommar, Ari Aster se volvería inevitable. Retomo y parafraseo a continuación.


Florence Pugh interpreta a una estudiante de psicología que se enfrenta a una terrible pérdida familiar y posteriormente viaja al norte de Europa para presenciar las tradiciones de una comunidad pagana aislada durante el solsticio de verano. Pugh lidera esta historia de horror genuino con una actuación que ahoga como el océano y que, integrada en la imagen completa del filme, es capaz de evocar emociones oscuras desde cualquier ángulo desde el que la observemos.



Es muy importante explicar por qué esta película es de horror, pero al mismo tiempo difícilmente puede reducirse a un thriller psicológico o a una película de terror convencional. La película es gráfica y contiene imágenes violentas, pero no sólo por las vejaciones al cuerpo, sino por su penetrante existencialismo y su antropología hiperrealista. Lo anterior podría hacernos pensar en horror shows al estilo de Ruggero Deodato, pero Midsommar no puede calificarse realmente como obscena. Es cruda, sentimental y empática hasta un extremo que puede resultar bastante incómodo; aun así, su desenlace recompensa casi perfectamente todo el recorrido.


¿Puede un filme que evoca esos sentimientos y posee esas características calificarse realmente como suspenso o thriller?


En mi opinión, lo que tenemos enfrente es, más bien, el horror genuino. Aquel que: nos asombra y nos asusta al pensar que puedan existir seres humanos tan diferentes a nosotros; nos hace ver las fallas de nuestra propia sociedad, cuya crueldad puede ser más silenciosa y desalmada que la de esas sociedades distantes; nos hace sentir un placer culpable y cierta tranquilidad ante la aparente venganza de esas sociedades aisladas contra la sociedad en la que vivimos; y nos produce dolor puro y nos obliga a compartirlo.



¿Es posible que la falta de empatía sea tan horrible para quien ha aprendido a vivir con ella como para nosotros lo es la desindividualización del ser, despojado de su individualidad y de la ilusión de controlar su propia vida?

 
 
 

1 comentario


Sergio Ernesto Carranza Gonzalez
Sergio Ernesto Carranza Gonzalez
hace una hora

A la pregunta que planteas, creo que sí: la desindividualización puede ser profundamente horripilante. Para ser aceptado por una sociedad, muchas veces se espera que el individuo desmonte su propia forma de pensar y renuncie a una parte de sí mismo. Pero cuando empatizar exige aniquilar la personalidad, truncar las ideas y vivir condicionado por el qué dirán, ya no estamos hablando de empatía, sino de sometimiento.

Lo más inquietante es que esa misma sociedad, aun careciendo de una identidad propia, suele colocarse como un tribunal moral con el supuesto derecho de señalar, juzgar y aplastar a quien piensa o actúa de manera diferente. Quizá ahí reside parte del verdadero horror de Midsommar: pertenecer puede aliviar el dolor, pero también…

Me gusta
bottom of page